miércoles, 13 de junio de 2012

BATEANDO CON FRESCURA

Un paseo por la historia
1939 fue un año de grandes acontecimientos en el mundo,  tiempo en el cual Adolfo Hitler anunció su estrategia de guerra a mandos militares, Albert Einstein escribió al presidente Roosevelt sobre la bomba atómica, el aviador mexicano Francisco Sarabia rompió todas las marcas de velocidad con su avión “Conquistador del Cielo”, se estrenó la película “El mago de Oz” de Víctor Flemming, nació el cineasta estadounidense Francis Ford Coppola, entre otros hechos de gran interés.
Hacer referencia al último año de la tercera década del siglo XX es referirnos a una fecha muy especial para el deporte rey, ya que en una pequeña villa de nombre Cooperstown perteneciente al condado de Otsego en el estado de Nueva York, la fundación Clark con fondos de la afamada empresa fabricante de máquinas de coser Singer se dieron a la tarea de fundar un museo que pudiese albergar grandes reliquias de jugadores emblemáticos del beisbol mundial. De acuerdo con la leyenda, se cuenta que un héroe de la Guerra Civil Estadounidense de nombre Abner Doubleday fue el inventor de dicho deporte y lo popularizó en ese punto del país desde 1839; por ende, de forma mercadológica el museo se localizó en aquella villa de apenas dos millares de habitantes, logrando alcanzar una cantidad de visitas importante desde su fundación en junio de 1939, siendo el instante perfecto para que Grandes Ligas viera la oportunidad de unirse a hacer un verdadero “recinto de los inmortales”.

Aquel 12 de junio sería la fecha más esperada, ya que a la par se inauguraron el “Templo de los inmortales” y el “Museo Nacional del Beisbol”, pero lo que llama la atención es el surgimiento de todo el proyecto, ya que desde nueve años atrás, un ciudadano de Cooperstown de nombre Stephen C. Clark escribió una carta a Ford Frick, quien en aquella época fuera el Presidente de la Liga Nacional para contarle su gran idea con el fin de conmemorar el centenario del nacimiento de dicho deporte, pero sería hasta 1935 cuando se aprobó la iniciativa en conjunto con Mountain Landis, el primer Comisionado de Grandes Ligas.
Un año más tarde, se dieron a conocer los primeros entronizados por medio de un sistema de votación de 226 papeletas; encontrándose los nombres de Ty Cobb (222 votos), “Babe” Ruth y Honus Wagner (215 votos), Christy Mathewson (205 votos), y Walter Johnson (189 votos), quedando de esta forma en la inmortalidad como los primeros miembros del Salón de la Fama.

Cuando este 2012 se cumplieron 73 años de aquella hazaña, hablar del recinto es referirnos a un lugar de visita obligada para aquellas personas asiduas al “mundo de la pelota caliente” que por vacaciones o negocios se encuentren en el estado de Nueva York, ya que no dejarán de asombrarse con las placas de más de 300 miembros, reliquias invaluables, galerías de arte, películas de beisbol, teatro, entre otras atracciones que se resumen en 35,000 objetos, 2.5 millones de artículos periodísticos y cerca de 130,000 cartas; siendo un lugar mágico que pasó de la utopía a una realidad que solo el deporte rey puede ofrecer.

“Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”

Antonio Machado


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